Al final de su segunda carta a los cristianos de Corinto, San Pablo, les deja y nos deja, cinco
recomendaciones. Cinco pasos a seguir en el acercamiento a Cristo. Estas cinco premisas constituyen una especie de eje, de núcleo desde el cual avanzaremos al encuentro personal con el Señor.
Dice San Pablo: “Finalmente, hermanos, estén alegres, sean perfectos, ayúdense unos a otros, tengan los mismos sentimientos, vivan en paz y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (cf. 2 Co 13,11)
Cinco consejos o recomendaciones para que “el Dios del amor y de la paz este con nosotros”.
La alegría en el Señor.
La primera palabra que utiliza San Pablo es muy frecuente en sus cartas, “alégrense”. Es, a primera vista, extraño que un hombre que ha sufrido la persecución, el hambre, las privaciones que, en definitiva, ha tenido una vida atormentada utilice tan a menudo esa expresión.
En nuestra vida cotidiana cargada de compromisos, de rutina, de sufrimientos, de privaciones es muy común perder la alegría. Basta con caminar un poco entre la gente, verlos en el metro o en las plazas para darse cuenta que lo que falta es la alegría. No me refiero a la alegría que entendemos por risa o diversión, esa se consigue fácilmente pero es intrascendente se va tan rápido como llego, me refiero a la alegría del alma, la alegría del corazón. Esa alegría que nos permite encarar la vida con otra mirada.
Es la alegría de la que nos habla San Pablo y en el la recomendación vale doble porque el es un hombre con una vida atormentada, como la nuestra. Que vive en un mundo complicado y caótico, exactamente igual al nuestro.
La alegría de la que habla Pablo le nace del conocimiento que tiene de que el Señor esta a su lado, guiándolo a cada paso. En medio de sus tribulaciones y sufrimientos Pablo sabe que el Señor lo acompaña y sabe que también nos acompaña a nosotros, por eso dice “alégrense”.
Del conocimiento, de la aceptación de que Dios esta junto a nosotros guiando nuestros pasos, cuidándonos, nace la alegría y este sentimiento deviene en confianza.
Y cuando confiamos en que el Señor esta junto a nosotros ya no tememos ningún mal.
Dice el Señor:
“…no anden preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿Qué vamos a beber?, ¿con que vamos a vestirnos? El Padre Celestial conoce sus necesidades. Busquen el Reino de Dios y su Justicia y todo lo demás vendrá por añadidura” (cf. Mt. 6 31-33)
y el Salmista nos recuerda:
“Aunque pase por oscuras quebradas,
no temo ningún mal,
porque tú estás conmigo,
tu bastón y tu vara me protegen”
(Sal 23, 4)
Esa alegría de la que nos habla San Pablo es la misma de la que nos habla Francisco de Asís cuando nos habla sobre la Perfecta alegría:
“–Hermano León, escribe.
– Estoy listo –respondió-.
– Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.
Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra han ingresado a la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
Pero ¿cuál es la verdadera alegría?
Vuelvo de Perusa una noche fría de invierno y llegó acá, y hace tanto frió y estoy tan mojado por la lluvia, que se forman trozos del agua congelada en los bordes de la túnica, y hieren continuamente mis piernas, y mana sangre de esas heridas.
Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.
Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.
E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no te queremos con nosotros; nosotros somos tantos y tan sabios, que no te necesitamos.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios déjame entrar esta noche.
Y él responde: No lo haré.
Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.”
No hay alegría verdadera sin desapropiación, sin abandono de uno mismo, sin humildad. No hay alegría si después de desprendernos de todo no comprendemos que Dios sigue a nuestro lado, cuidando de nosotros.
San Francisco nos hace ver, además, que la verdadera alegría no esta en las cosas materiales, incluso en los beneficios espirituales, sino mas bien en la humildad, en la entrega al Otro.
La semana próxima, el segundo paso.
Paz y Bien!

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