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 Queridas Hermanas y Hermanos,

 La mayoría de ustedes no me conoce, solo soy uno mas. A estas alturas del año normalmente se hace balance y se proyecta el futuro. Ponemos nuestras ilusiones en movimiento y reactivamos energías para cumplir objetivos. Por eso quiero compartir con ustedes una de esas ilusiones.

 Mi ilusión para este año que comienza es que volvamos a las fuentes, que hagamos fundamentalmente obras, para encarnar el espíritu de fraternidad universal del que tanto hablamos. Me ilusiona pensar que podemos detenernos un momento y pensar en la verdadera dimensión de esa FRATERNIDAD. Sin duda que vivimos este sentido de fraternidad hacia dentro de la Orden, la mayoría de las veces, pero ¿qué sucede con los que están fuera de ella?  Me refiero a cómo vivimos la FRATERNIDAD UNIVERSAL.

 En nuestra Argentina hay muchísimos hermanos pobres, ocho chicos mueren por día de hambre y muchos otros sobreviven en situaciones de indigencia extrema. Los efectos de esta situación dramática serán duraderos y desoladores para las generaciones futuras.

 La opción fundamental de Francisco fueron estos hermanos, los pobres, los desamparados, los olvidados.

 Es cierto que cada uno de nosotros, en nuestra vida cristiana y privada, desarrollamos diversas actividades de caridad, en nuestras parroquias o en forma individual, pero mi ilusión es que podamos volver a hacerlo como Orden. Mi ilusión es que volvamos a recuperar el espíritu de la Orden de los años 30 del siglo pasado. En aquellos años la miseria y la tuberculosis hacían estragos y fuimos nosotros, la Tercera Orden, con colegios, hospitales y talleres de artes y oficios quien ayudamos a paliar la situación. Por ejemplo la Asociación de Escuelas y Patronatos, con ocho colonias-escuelas a lo largo de todo el país,  el Colegio de la Inmaculada o el Refugio nocturno para Hombres, en la provincia de Córdoba. Incluso un cine en la misma ciudad, entre otras muchas obras de beneficencia.

Hoy quizás suena imposible de hacer pero lo hemos hecho antes y podemos volver a hacerlo, solo debemos volver la vista atrás y aprender de nuestros mayores.

Me ilusiono pensando que podemos volver a tener la fuerza de antaño, la presencia en la sociedad, la participación en la vida pública. Que nuestros hermanos nos vean trabajar y sientan deseos de unirse a nosotros para así construir la verdadera Fraternidad Universal.

El hombre de hoy no necesita predicadores, no necesita formadores, necesita TESTIGOS, necesita ver que lo que decimos, lo que predicamos lo HACEMOS, lo VIVIMOS.

Me ilusiono con ver una Tercera Orden trabajando en las calles y no reunida en la sacristía, leyendo y releyendo o discutiendo cuestiones que nada tienen que ver con nuestro carisma. Una Orden que levante la voz, públicamente, ante cada injusticia, que se sume al coro de la Iglesia y denuncie los abusos del Poder.

Una orden que promueva proyectos solidarios, que emprenda actividades de formación para dar a los más necesitados recursos para salir de la miseria (hablo de formación en oficios, inserción laboral, etc.), que ayude a construir la Sociedad del Amor de la que hablaba SS Juan Pablo II.

El mismo Juan Pablo II, de feliz memoria, nos decía en 2002 que “la Iglesia espera de la Orden franciscana seglar, una y única, un gran servicio a la causa del reino de Dios en el mundo de hoy. Desea que vuestra Orden sea un modelo de unión orgánica, estructural y carismática en todos los niveles, de modo que se presente al mundo como “comunidad de amor”.  La Iglesia espera de vosotros, franciscanos seglares, un testimonio valiente y coherente de vida cristiana y franciscana, que tiende a la construcción de un mundo más fraterno y evangélico para la realización del reino de Dios.”

Ojala podamos dar la talla en este momento histórico que nos toca vivir. Ojala podamos salir al encuentro del más necesitado y tenderle la mano como lo hizo nuestro padre Francisco.

“La Caridad de Cristo nos Urge” (2co 5,14)

Paz, Bien y una muy Feliz Navidad.

OFS

Navidad 2009

A todos los que han compartido estos dias del 2009, a los que me han leido, los que me han comentado, a todos aquellos que caminan los caminos de esta vida, siguiendo (o al menos intentando) al Maestro, les deseo una muy feliz Navidad.

Navidad que no es, como decia ayer el Papa, una fabula, un cuento para los mas chicos. Una feliz Navidad que es, como concluia Su Santidad, la respuesta de Dios al drama de la humanidad…

Paz y Bien!

Aquel cerro presenta un escenario indiscutiblemente místico. La vegetación exuberante de la yunga, el trino de los pájaros, todo, al mejor estilo de Francisco, invita a la contemplación. No es místico solo porque allí se dan las apariciones, es místico porque la naturaleza habla de Dios.

El día amaneció plomizo y oscuro, una tenue llovizna arreciaba sobre la ciudad. Nos dispusimos a subir el cerro, el sendero era un lodazal, los arboles goteaban y, a medida que subíamos, las nubes nos nublaban la visión. Me recordaba aquellos días de Fátima cuando el milagro del Sol. Al llegar al lugar del santuario, nada que no haya visto antes, aunque no por eso es menos conmovedor. Un espacio ganado al cerro, muy bien organizado, miles de rosarios colgando de los árboles y un pequeño grupo de peregrinos. Eran las 9 en punto.

Luego de pasar por la ermita a visitar la hermosa imagen de la Virgen, nos acomodamos en una de las gradas laterales, expectantes. El rosario comenzaba a las 12 así que me dedique a recorrer un poco aquí y allá. Como en Lourdes, como en Fátima, me conmoví ante aquellos hermanos que llevan sus enfermedades, que llevan a otros enfermos, todos en busca de una caricia de lo alto.

Llego el medio día y con él la aparición, casi desapercibida, de Maria Livia. Llego en un auto junto con unos sacerdotes y se dirigió, luego de hablar en privado con algunas personas, al lugar del santuario destinado a la imagen de Maria. Sin decir palabra se arrodillo junto a  un grupo de colaboradoras y comenzó a desgranar el rosario. No emitió una palabra.

Hasta allí todo era según lo esperado, después de andar tantos caminos pocas cosas me sorprenden y como soy bastante escéptico con algunas cosas, estaba en plan observador.

Acabado el rosario y luego del testimonio de una familia comenzó la Oración de intercesión. Aquí comenzó todo, me acomode en un sitio de frente a la vidente para poder seguir observando. Con la primera caída o “dormición” comencé a conmoverme. Cuando la cuarta o quinta persona cayo ya lloraba como hacia años no lo hacía. Me repetía que aquello era absolutamente increíble. Cada vez que un peregrino caía la emoción me invadía.

Comencé a darme cuenta que no solo caían adultos sino, y aquí la mayor de las emociones, chicos, incluso bebes de 2 o 3 años. Allí no cabía la posibilidad de la sugestión, de la histeria colectiva, no, allí estaba actuando Dios mismo.

Maria Livia, pasa entre las filas de gente perfectamente acomodadas y pone un brazo en el hombro de cada persona, no mira a los ojos, con algunos se detiene más que con otros, como si aquellos necesitaran más atención. Los voluntarios se acomodan detrás de cada uno y los acomodan suavemente cuando caen. No podía dar crédito a lo que veía. Después de casi dos horas de contemplar aquello, de llorar a más no poder, de sentirme lleno del Espíritu de Dios y viendo que se acercaba mí turno de ponerme en la fila, volví a mi lugar.  Estaba, como decirlo, lleno, si en ese momento me iba del lugar todo este viaje hubiese cumplido su cometido, habría visto y sentido lo que vine a ver y sentir.

Llego nuestro turno, nos pusimos en fila y cuando llego Maria Livia y puso su mano en mi hombro, caí. Lo resistí, mentalmente, creo que por aquello de hacerme el duro, aun habiendo visto lo que acabo de relatar,  mi mente intento resistirlo. Una especie de corriente me aflojo las pantorrillas y caí. Lo que sentí en los primeros segundos me lo guardo, lo que sentí después lo comparto, alegría inmensa, llanto, una luminosidad absoluta y al “despertar” un estado de adormecimiento que aun me dura, mientras escribo esto, dos horas después.

Una Paz que hacía mucho no degustaba.

No hay forma de expresar en palabras aquella sensación. Solo lo entenderán aquellos que alguna vez han sentido el Fuego del Espíritu, los que no, tendrán que venir aquí y experimentarlo.

La experiencia cristiana, es eso, experiencia. Cristo le dice a los que lo consultan, “vengan y verán”, vengan y vean.

Este cerro de Salta, como diría Messori de Lourdes, es un sitio muy estrecho. Un sitio donde, de verdad, el cielo se toca con la tierra, lo divino con lo humano.

Vengan y Vean (cf Jn 1, 38:51).

Mas info: http://www.inmaculadamadre-salta.org/Aparicion.htm

Los invito a todos a participar de la manifestación del próximo sábado, en Madrid, en defensa de la Vida, la Familia y la Mujer. Aquellos que no puedan participar, les encomiendo oraciones para el éxito de la misma y que los gobiernos, y principalmente el Español, tomen conciencia de una vez que toda vida debe ser respetada.

http://www.hazteoir.org

http://17o.derechoavivir.org/

Paz y Bien!

EUCARISTIA

(Del griego eucaristía, acción de gracias)

Si tuviésemos que elegir los dos símbolos máximos del cristianismo, sin duda, serian el crucifijo y la eucaristía. En ambos esta la esencia de nuestra Fe, el Dios que hecho hombre se entrega a la muerte para salvarnos y el Dios que se queda entre nosotros para que nos alimentemos de el.

El Sacramento de la Eucaristía.

La eucaristía culmina la iniciación cristiana. Por el Bautismo hemos sido elevados a la dignidad del sacerdocio real y por medio de la confirmación nos hemos configurado íntimamente con Cristo para, en la comunión, participar con toda la comunidad del sacrificio mismo de Cristo. (Cf. CATIC 1322)

Por la fe creemos que la presencia de Jesús en la Hostia y el vino no es sólo simbólica sino real; esto se llama el misterio de la transubstanciación ya que lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; los accidentes—forma, color, sabor, etc.— permanecen iguales.

Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última Cena: “Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros… Este es el cáliz de mi Sangre…”

Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia personal e íntima, y que supone el encuentro pleno de dos que se aman. Es por tanto imposible generalizar acerca de ellos. Porque sólo Dios conoce los corazones de los hombres. Sin embargo sí debemos traslucir en nuestra vida, la trascendencia del encuentro íntimo con el Amor. Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano y que además alimentado con el Pan de Vida debe estar más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza

Frutos de la Eucaristía

  • Al recibir la Eucaristía, nos adherimos íntimamente con Cristo Jesús, quien nos transmite su gracia.
  • La comunión nos separa del pecado, es este el gran misterio de la redención, pues su Cuerpo y su Sangre son derramados por el perdón de los pecados.
  • La Eucaristía fortalece la caridad, que en la vida cotidiana tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales.
  • La Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales, pues cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper nuestro vínculo de amor con Él.
  • La Eucaristía es el Sacramento de la unidad, pues quienes reciben el Cuerpo de Cristo se unen entre sí en un solo cuerpo: La Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo.
  • La Eucaristía nos compromete a favor de los pobres; pues el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo que son la Caridad misma nos hace caritativos.

La instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), describe detalladamente cómo debe celebrarse la Eucaristía y lo que puede considerarse como “abuso grave” durante la ceremonia. Aquí les ofrecemos un resumen de las normas que el documento recuerda a toda la Iglesia

En el Capítulo 3, sobre la “celebración correcta de la Santa Misa” se especifica sobre:

La materia de la Santísima Eucaristía

  • El pan a consagrar debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente. No se pueden usar cereales, sustancias diversas del trigo. Es un abuso grave introducir en su fabricación frutas, azúcar o miel.
  • Las hostias deben ser preparadas por personas honestas, expertas en la elaboración y que dispongan de los instrumentos adecuados.
  • Las fracciones del pan eucarístico deben ser repartidas entre los fieles, pero cuando el número de estos excede las fracciones se deben usar sobre todo hostias pequeñas.
  • El vino del Sacrificio debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. En la celebración se le debe mezclar un poco de agua. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género.

En el capítulo 4, sobre la “Sagrada Comunión”, se ofrecen disposiciones como:

  • Si se tiene conciencia de estar en pecado grave, no se debe celebrar ni comulgar sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse.
  • Debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los no cristianos.
  • La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental. La primera Comunión siempre debe ser administrada por un sacerdote y nunca fuera de la celebración de la Misa.
  • Los fieles tienen siempre derecho a elegir si desean recibir la Comunión en la boca, pero si el que va a comulgar quiere recibir el Sacramento en la mano, se le debe dar la Comunión.
  • Si existe peligro de profanación, el sacerdote no debe distribuir a los fieles la Comunión en la mano.
  • Para administrar a los laicos Comunión bajo las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente, las circunstancias, sobre las que deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos.

San Francisco de Asís (1181 – 1226). Admoniciones.

Adm. 1. El cuerpo del Señor

Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; ninguno viene al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceréis también a mi Padre; y desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: Tanto tiempo con vosotros, ¿y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14, 6-9). El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1Tim 6,15), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo vio jamás (Jn 1,18). Y no puede ser visto sino en espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no le aprovecha a nadie (Jn 6,63). Ni siquiera el Hijo puede ser visto por nadie en cuanto igual al Padre, de forma distinta que el Padre, de forma distinta que el Espíritu Santo.

Por eso, todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad y no lo vieron ni creyeron, según el espíritu y la divinidad, que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Del mismo modo, todos los que ven el sacramento, que se se santifica por las palabras del Señor sobre el altar por manos del sacerdote en forma de pan y de vino, y no ven ni creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, están condenados, como atestigua el Altísimo mismo, que dice: Esto es mi cuerpo y la sangre de mi nueva alianza etc. (Mc 14,22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi Sangre, tiene la vida eterna (cf. Jn 6,55). Por tanto, el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, está con aquel que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los demás, que no tienen dicho espíritu y presumen de recibirlo, comen y beben su propia condena (cf. lCor 1 1 ,29).

Por eso, hijos de los hombres, ¿Hasta cuándo seréis duros de corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). Mirad que diariamente se humilla (cf. Flp 2,8), como cuando vino desde el trono real, (Sab 18,15) al seno de la Virgen. Él mismo viene diariamente a nosotros en humilde apariencia. Cada día baja del seno del Padre al altar, en manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se muestra a nosotros en el pan sagrado. Y lo mismo que ellos con los ojos del cuerpo veían solamente su carne, mas con los ojos espirituales creían que El era Dios, así también nosotros, al ver el pan y el vino con los ojos del cuerpo, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero.

Y de ese modo está siempre el Señor con sus fieles, como El mismo dijo: Mirad que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos (cf. Mt 28,20).

Comunión diaria

En la antigüedad cristiana, sobre todo en los siglos III y IV, hay numerosas huellas documentales que hacen pensar en la normalidad de la comunión diaria. Los fieles cristianos más piadosos, respondiendo sencillamente a la voluntad expresada por Cristo, «tomad y comed, tomad y bebed», veían en la comunión sacramental el modo normal de consumar su participación en el sacrificio eucarístico. Sólo los catecúmenos o los pecadores sujetos a disciplina penitencial se veían privados de ella. Pronto, sin embargo, incluso en el monacato naciente, este criterio tradicional se debilita en la práctica o se pone en duda por diversas causas. La doctrina de San Agustín y de Santo Tomás podrán mostrarnos autorizadamente el nuevo criterio.

Santo Tomás (+1274), tan respetuoso siempre con la tradición patrística y conciliar, examina la licitud de la comunión diaria, advirtiendo que, por parte del sacramento, es claro que «es conveniente recibirlo todos los días, para recibir a diario su fruto». En cambio, por parte de quienes comulgan, «no es conveniente a todos acercarse diariamente al sacramento, sino sólo las veces que se encuentren preparados para ello. Y en ese mismo texto Santo Tomás precisa mejor su pensamiento cuando dice: «El amor enciende en nosotros el deseo de recibirlo, y del temor nace la humildad de reverenciarlo. Las dos cosas, tomarlo a diario y abstenerse alguna vez, son indicios de reverencia hacia la eucaristía. Por eso dice San Agustín [+430]: “Cada uno obre en esto según le dicte su fe piadosamente; pues no altercaron Zaqueo y el Centurión por recibir uno, gozoso, al Señor, y por decir el otro: No soy digno de que entres bajo mi techo. Los dos glorificaron al Salvador, aunque no de una misma manera” [ML 33,201].

S. Agustín: «Si ustedes mismos son Cuerpo y miembros de Cristo, son el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y reciben este sacramento suyo. Responden “Amén” a lo que reciben, con lo que, respondiendo, lo reafirman. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero»

Recomiendo buscar en youtube (www.youtube.com) “milagros eucaristicos”, se sorprenderan!

Paz y Bien!

¿Que es el Sacramento de la Confirmación?

La confirmacion

La confirmacion

El sacramento de la Confirmación es uno de los tres sacramentos de iniciación cristiana. La misma palabra, Confirmación que significa afirmar o consolidar, nos dice mucho.

En este sacramento se fortalece y se completa la obra del Bautismo. Por este sacramento, el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo. Se logra un arraigo más profundo a la filiación divina, se une más íntimamente con la Iglesia, fortaleciéndose para ser testigo de Jesucristo, de palabra y obra. Por él es capaz de defender su fe y de transmitirla. A partir de la Confirmación nos convertimos en cristianos maduros y podremos llevar una vida cristiana más perfecta, más activa. Es el sacramento de la madurez cristiana y que nos hace capaces de ser testigos de Cristo.

El día de Pentecostés – cuando se funda la Iglesia – los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos junto a la Virgen. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado – creyendo que todo había sido en balde – se encontraban tristes. De repente, descendió el Espíritu Santo sobre ellos –quedaron transformados – y a partir de ese momento entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar. La Confirmación es “nuestro Pentecostés personal”. El Espíritu Santo está actuando continuamente sobre la Iglesia de modos muy diversos. La Confirmación – al descender el Espíritu Santo sobre nosotros – es una de las formas en que Él se hace presente al pueblo de Dios.

Institución

El Concilio de Trento declaró que la Confirmación era un sacramento instituido por Cristo, ya que los protestantes lo rechazaron porque – según ellos – no aparecía el momento preciso de su institución. Sabemos que fue instituido por Cristo, porque sólo Dios puede unir la gracia a un signo externo.

Además encontramos en el Antiguo Testamento, numerosas referencias por parte de los profetas, de la acción del Espíritu en la época mesiánica y el propio anuncio de Cristo de una venida del Espíritu Santo para completar su obra. Estos anuncios nos indican un sacramento distinto al Bautismo. El Nuevo Testamento nos narra como los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, iban imponiendo las manos, comunicando el Don del Espíritu Santo, destinado a complementar la gracia del Bautismo. “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo”. (Hech. 8, 15-17;19, 5-6).

El Signo: La Materia y la Forma

Dijimos que la materia del Bautismo, el agua, tiene el significado de limpieza, en este sacramento la materia significa fuerza y plenitud. El signo de la Confirmación es la “unción”. Desde la antigüedad se utilizaba el aceite para muchas cosa: para curar heridas, a los gladiadores de les ungía con el fin de fortalecerlos, también era símbolo de abundancia, de plenitud. Además la unción va unido al nombre de “cristiano”, que significa ungido.

La materia de este sacramento es el “santo crisma”, aceite de oliva mezclado con bálsamo, que es consagrado por el Obispo el día del Jueves Santo. La unción debe ser en la frente.

La forma de este sacramento, palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de las manos “Recibe por esta señal de la cruz el don del Espíritu Santo” (Catec. no. 1300) . La cruz es el arma conque cuenta un cristiano para defender su fe.

DONES DEL ESPIRITU SANTO

Del Catecismo:

1830 La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo.
Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.


Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.

Los dones son infundidos por Dios. El alma no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas ya que transcienden infinitamente todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia. Es incompatible con el pecado mortal.

1. SABIDURÍA: Nos permite descubrir la voluntad de Dios, lo que  Él desea para que seamos felices.

2. ENTENDIMIENTO: Nos ayuda a comprender las verdades reveladas de nuestra fe

3. CIENCIA: Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo, a ser exactos en el día a día.

4. CONSEJO: Nos ayuda a saber qué es lo mejor para cada momento. Y nos capacita para ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el buen camino.

5. FORTALEZA: Cuando los que no tienen fe pierden sus esperanzas, los cristianos tenemos la fortaleza de Dios superar los mayores peligros o dificultades. Nos ayuda a no caer en las tentaciones, y a seguir adelante con optimismo.

6. PIEDAD: El don de las personas santas, de las que viven en íntima unión con Dios. Estas personas están en constante diálogo con Dios, el mundo lo ven todo con la mirada amorosa de Dios, y lo hacen presente con su vida y testimonio.

7. TEMOR DE DIOS: Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él. A temer ofenderle, no por miedo, sino por amor.

Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él (…) Jesús subraya más de una vez que los milagros que El realiza están vinculados a la fe. “Tu fe te ha curado”, dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás le había tocado el borde de su manto, quedando sana (cfr. Mt 9, 20-22; Lc 8, 48; Mc 5, 34). Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!” (cfr. Mc 10, 46-52). Según Marcos: “Anda, tu fe te ha salvado” le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: “Ve, tu fe te ha hecho salvo” (Lc 18,42).

Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lc 17, 19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan a volver a ver, Jesús les pregunta: “«¿Creéis que puedo yo hacer esto?». «Sí, Señor»… «Hágase en vosotros, según vuestra fe»” (Mt 9, 28-29).

La mujer cananea no cesaba de pedir a ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, El le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos.” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y Cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cfr. Mt 15, 21-28).

Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cfr. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a El para que los socorra con su poder divino.

Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en El” (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el pre-anuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: ‘¿Queréis iros vosotros también?’. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (cfr. Jn 6, 66-69).

Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

SS JPII

Dice Jesus en Su Evangelio que quien se mantiene en su Palabra es verdaderamente su discípulo y conocerá la verdad y la verdad lo hará libre (cf. Jn 8, 31-32).

Debemos tener claro que el ser discípulo de Cristo no consiste solamente en creer en El. Ser discípulo de Cristo implica:

  1. Dejarlo todo para seguirlo. (Mc. 1, 20)
  2. Ser servidor ferviente. (Rm. 12, 11)
  3. Ser portadores de Paz (Lc. 10, 5)
  4. Anunciar que el Reino de Dios está cerca (Lc. 10, 9)
  5. El mejor maestro es aquel que no deja ser discípulo; no cesa de aprender de aquel que dijo: “Aprended de mí…” (Mt.  11, 29)
  6. El verdadero discípulo da testimonio con su vida de aquello en lo que cree. (Cf. Jn. 13, 15)

El discípulo debe negarse a sí mismo
Su vida, que una vez giraba en torno a sí mismo, sobre su “yo” debe ahora girar en torno a Dios. La idea que parece estar en esta primera parte del pasaje es, literalmente “abdicarse a sí mismo”. En otras palabras, implica renunciar a ser el rey de su propia vida, adjudicar su trono, y permitir que Jesús ocupe ese lugar, como único y verdadero rey.

El discípulo debe llevar su cruz
La cruz es sin duda, particularmente dentro del contexto histórico de los sucesos, una referencia directa a la muerte. El discípulo debe hacer morir el “yo” y entregar su vida a las manos de Jesús. Su vida debe estar entregada a la voluntad del Señor, y debe dejar que Jesús viva en él y transforme todo su ser a la imagen de Él. Aunque no necesariamente sea el caso, esto debe incluir estar dispuesto a literalmente (físicamente hablando) morir por el Señor. Además, la cruz, particularmente para los judíos tenía una connotación de humillación muy fuerte. No había nada más degradante y humillante que morir de esa manera. El seguidor del Hijo de Dios debe estar dispuesto a pasar por las peores humillaciones por seguirlo (aunque no estará sólo en esto, Jesús estará ahí fortaleciéndolo). Su vida ya no le pertenece.

El discípulo debe seguir a Cristo
Aquí esta la idea de no sólo imitarlo sino estar dispuesto a ir con Él hasta la Gólgota. Significa poner a Jesús como prioridad número 1 en tu vida, aún hasta la muerte.

(Cf. Mc. 8, 34-38)

Ser discípulo hoy.

Es difícil pensar en ser discípulo de Jesús y no mirarle a los ojos y preguntarle a Él, ¿Cómo puedo seguirte hoy?. ¿Cómo puedo andar por los caminos, sin tener dónde reclinar la cabeza?, ¿Cómo puedo hacerme hermano de los que más sufren, de los que momento a momento son excluidos, de aquellos a los que nadie quiere?, ¿Cómo puedo enfrentarme al poder establecido, civil o religioso, que humilla y destruye a la persona humana?, ¿Cómo entrar en los templos de hoy, en todos los templos de hoy y denunciar que son cuevas de ladrones que sólo piensan en el dinero, o en el poder?, ¿Cómo aprender a llamar a Dios, papá?, ¿Cómo transmitir que Dios es papá/mamá?, ¿Cómo asumir que el trono de Jesús es la Cruz, que su corona real es de espinas?, ¿Cómo ser testigo resucitado del Resucitado?…

Infinidad de interrogantes surgen en el corazón del creyente, infinidad de interrogantes de respuesta complicada, en cualquier caso la respuesta difícilmente vendrá desde la mera intelectualidad, es fundamental que el corazón ocupe su lugar. Porque el discípulo lo es porque opta con su corazón “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…”

Pero el discípulo del nuevo milenio, y también del viejo ha descubierto que seguir a Jesús individualmente es tarea ardua y difícil, que el soplo del espíritu impulsa a ejercer el discipulado en comunidad de hermanas y hermanos. Hoy urge más que nunca poder transmitir un testimonio de fraternidad/sororidad, y que mejor testimonio que el de aquellos que se saben y sienten amados incondicionalmente por un Dios padre/madre que “todo lo puede en quien nada puede…”
Por tanto entendemos que el mejor modo de ir buscando respuestas a las preguntas anteriormente planteadas, es sin duda desde le seno de la comunidad de hermanas y hermanos que se reúnen en un esfuerzo común.
Creemos también que hay otra clave fundamental a la hora de buscar respuestas sobre nuestra forma actual de vivir el discipulado:          colocar en el centro de nuestra existencia aquellos a quienes Jesús colocó en el centro de la suya. Pobres, marginados, excluidos, están en el mismo corazón de Dios “lo que hicisteis con uno de estos, a mi me lo hicisteis…”
Los pobres son sacramento actual y vigente de la presencia de un Dios que se ha entregado por nosotros. Desde esta óptica a la hora de reflexionar sobre nuestro modo de ser discípulos deberíamos ver por dónde andan las personas que viven pobreza. Si andan lejos, deberíamos revisar nuestra vida cotidiana.

Extraido de www.ciberiglesia.net Autor: José Luis Grausdiscip

Los invito a que lean el siguiente texto, presten Atencion, no se esfuercen por pensar en lo que dice, sencillamente dejen que sus ojos vean más allá:

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Assisi

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Leíste? Lo viste?

Me alegro.

Así se presenta muchas veces el mensaje de Cristo, complejo a simple vista, indescifrable si nos ponemos en plan de estudiarlo, de descifrarlo. Y la verdad es que Su mensaje es simple, basta detenernos unos momentos y lo veremos.

Creo que hay dos textos fundamentales para entender el fundamento del mensaje de Cristo. Aquello que debemos practicar los cristianos. El primero de esos textos es el sermón de las Bienaventuranzas y los discursos sucesivos, empezando en Mateo 5 y terminando en el capítulo 7.

El otro texto es el de Mateo 25 del versículo 31 al 46. Allí se deja en claro cuál será el criterio del Señor para saber quiénes han cumplido con su deber y quienes no, en consecuencia, quienes heredaran el Reino, la Vida Eterna y quién no. Es maravilloso descubrir que allí no hay preceptos, obligaciones o mandamientos. Todo eso, aunque importante para la vida del cristiano, no será tenido en cuenta. En resumidas podemos decir que cuando lleguemos al “juicio” solo se nos preguntara cuanto hemos amado, que hemos hecho con los dones que se nos dieron.

Es importante entender que este Dios en el que creemos es AMOR (cf. 1 Jn 4, 16) y si creemos en El, si de verdad lo experimentamos, lo normal, lo natural es que amemos. Amar a todos, o al menos intentarlo, a los que nos corresponden en el amor y a los que no, a los que nos son afines en ideas o afectos y, en el extremo y perfección del amor cristiano, a los que no lo son, incluso a los que nos hacen daño.

¿Cuántas veces nos quedamos, sobre todo los cristianos católicos, en las formas, en el rito, en las acciones “piadosas”?

¿Cuántas veces, ante la primera oportunidad, descargamos nuestra ira, nuestros rencores en algún hermano? Y qué decir de los sentimientos que nos generan aquellos que nos persiguen, que nos dañan, que nos maltratan…

La vida del cristiano es amar, como Dios nos ama, sin intereses, sin esperar nada a cambio. Desterrar los rencores, las peleas, perdonar y amar. Es un camino largo el que lleva a la perfección, quizás no nos alcance la vida para lograrlo. Lo importante, como en tantas otras cosas, es hacer el camino, es intentarlo.

Para terminar, les dejo un comentario de San Agustín donde nos dice que si todas nuestras acciones están originadas en el amor nada malo puede salir de ellas:

“Los hechos de hombres se saben solamente por el raíz de caridad {…} Entonces, un precepto breve: Ama y haz lo que quieras – si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, también por amor; si te abstienes, por amor. Que el raíz de amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno.” (Homilía VII, párrafo 8 )

Que el Dios Amor transforme nuestro Corazón para que podamos amar sin miramientos.

Les dejo un link a una excelente enciclica de SS Benedicto XVI. Deus Cartitas Est (Dios es Amor)

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est_sp.html

Paz y Bien!

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